Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Me parece perfectamente, tanto más, cuanto que vuestra opinión se armoniza en todo con las instrucciones del señor de Coligny. A las tres de la madrugada nos esperará, y a esa hora llegaremos… los que lleguemos o lleguen.

—Llegaremos, monseñor; permitidme que os lo asegure —dijo el Martín Guerra apócrifo—. A mi paso por el campamento de los valones, examiné tan a conciencia las cercanías, que me comprometo a guiaros con tanta seguridad como si hubiese allí vivido cien días.

—¡Eso es prodigioso, Martín! —exclamó Gabriel—. ¡En tan poco tiempo, qué de cosas has hecho! Está visto que, de hoy en adelante, habré de tener tanta confianza en tu inteligencia como en tu fidelidad.

—¡Oh, monseñor! ¡Colmáis mis ambiciones con sólo, que confiéis en mi celo y en mi discreción!

Entre la casualidad y la osadía habían urdido tan admirablemente la trama del astuto Arnaldo, que después de la llegada de Gabriel, pudo el impostor engañar a todos sin separarse un ápice de la verdad.

En tanto que Gabriel y Vaulpergues combinaban los detalles de la marcha que en breve iban a emprender, Arnaldo, por su parte, ultimaba su plan en forma que ningún incidente imprevisto viniera a destruir los efectos de la casualidad, que tan prodigiosamente le había favorecido hasta allí.


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