Las dos Dianas

Las dos Dianas

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He aquí lo que había ocurrido. Arnaldo, después de haberse escapado, gracias a Gúdula, del campamento español, donde se hallaba prisionero, anduvo a la ventura por los bosques de las inmediaciones durante diez y ocho horas, sin atreverse a salir de la espesura por miedo a caer nuevamente en poder de sus enemigos. Al anochecer creyó descubrir en el bosque de Angimont pisadas de caballos, y sospechó que debían andar ocultos, pues de otra suerte no se concebía que se hubiesen aventurado por senderos tan poco trillados. Puesto que los caballos andaban ocultos, pocos esfuerzos de imaginación precisaba hacer para conjeturar que se trataba de caballería francesa, probablemente emboscada. Arnaldo resolvió seguir las huellas, y estas le llevaron al sitio donde el barón de Vaulpergues esperaba a Gabriel. Entonces fue cuando despidió sin el menor miramiento a Gúdula, la cual hubo de volver llorando al campamento español, sin poderse figurar que en este encontraría al amante que tan sin piedad acababa de despedirla. Pero volvamos a Arnaldo. El primer soldado con quien tropezó le llamó Martín Guerra, y él, como supondrá el lector, se guardó muy bien de desmentirle. Bastóle aguzar el oído y dar descanso a su lengua para enterarse de que el vizconde de Exmés debía llegar aquella noche de San Quintín, después de haberse puesto de acuerdo con el almirante para llevar a feliz término el proyecto de introducir en la plaza las fuerzas de Vaulpergues. Como sabían todos que Martín Guerra acompañaba al señor de Exmés, no bien vieron a Arnaldo, tomáronle por el escudero de aquel y le preguntaron por su señor.


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