Las dos Dianas
Las dos Dianas —No tardará en llegar —contestó Arnaldo—. Hemos tomado caminos diferentes.
Arnaldo aquilataba mentalmente las ventajas de reunirse en aquel momento con el vizconde de Exmés, ventajas de las cuales acaso la menor era asegurar la subsistencia, siempre difÃcil, pero infinitamente más en aquellos tiempos y en aquellos lugares. SabÃa el bribón que el condestable de Montmorency, prisionero a la sazón de Filiberto Emmanuel, sentÃa acaso menos la afrenta de la derrota y los dolores del cautiverio que la probabilidad, la certeza, mejor dicho, de que su odiado rival el duque de Guisa iba a ser omnipotente en la corte y a gozar de un ascendiente ilimitado sobre el espÃritu del rey. Por tanto, convertirse en sombra de un amigo del duque de Guisa, era para Arnaldo aplicar los labios a la fuente donde beberÃa datos preciosos que más tarde venderÃa a buen precio al condestable. Además, ¿no era Gabriel enemigo personal del condestable y el obstáculo más difÃcil de vencer para el matrimonio de Francisco de Montmorency con Diana de Castro?