Las dos Dianas
Las dos Dianas Todos estos pensamientos bullían en la mente de Arnaldo, pero pensaba al mismo tiempo con espanto que la llegada del vizconde con Martín Guerra podía destruir en un segundo todos sus planes, si no hallaba modo de alejar o de suprimir al crédulo escudero. Su alegría fue inmensa cuando vio llegar a Gabriel solo, y mayor aún cuando este le reconoció al punto por su escudero. Sin saberlo, Arnaldo había dicho la verdad. A partir de aquel instante se abandonó a su suerte, y seguro de que el diablo su protector habría hecho caer al pobre Martín Guerra en poder de los españoles, se apoderó audaz del papel del ausente e hizo las veces de este con éxito admirable, conforme acabamos de ver.
Celebrada la conferencia de Gabriel con Vaulpergues, y después de formados los tres grupos, al ir a emprender la marcha por tres caminos distintos, Arnaldo aconsejó a Gabriel que tomase el que pasaba junto a las tiendas de los valones. Adivinó que Martín Guerra debió de tomar aquella dirección, y por si la casualidad hacía que le encontrasen, quería hallarse junto al vizconde para hacer desaparecer al escudero, si le era posible, o desaparecer él, en último extremo.