Las dos Dianas
Las dos Dianas
USTO era que el venturoso socorro entrase en la ciudad y que los oprimidos corazones de sus habitantes disfrutasen de alguna expansión. Principiaba a despuntar la aurora cuando Gabriel, rendido de fatiga, después de cuatro días de rudo trabajar, sin poder descansar apenas, consiguió separarse de los que jubilosos le aclamaban. El almirante le alojó en las casas consistoriales dándole la habitación contigua a la que ocupaba él. Gabriel se acostó y se entregó a tan profundo sueño, que parecía que no había de volver a despertar.
Y no despertó en efecto hasta las cuatro de la tarde, a cuya hora entró Coligny en su habitación e interrumpió el sueño reparador de que tanta necesidad tenía el quebrantado joven. Por la mañana, el enemigo había dado un asalto que fue rechazado con denuedo; pero todo hacía creer que lo repetiría al día siguiente, y el almirante, a quien tanto habían servido los consejos de Gabriel, venía con objeto de pedirle otros nuevos.
Nuestro protagonista saltó con agilidad del lecho y se dispuso a recibir al almirante.
—Dispensadme, señor almirante —dijo Gabriel—; voy a decir dos palabras a mi escudero, e inmediatamente estoy a vuestras órdenes.
