Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Gaspar de Coligny había oído las palabras de Juan Peuquoy y observado la alegría de Gabriel. Nada dijo, sin embargo, a este, cuando se le reunió; pero luego que entraron en la casa y se encontraron solos en la cámara que servía de despacho al almirante, preguntó este a Gabriel, sonriendo con afabilidad:

—Paréceme, amigo mío, que os interesa mucho la santa religiosa que llaman sor Bendita, ¿verdad?

—Como se interesa Juan Peuquoy —contestó Gabriel algo turbado—, y como sin duda os interesáis también vos, señor almirante, porque habréis notado como yo la falta que hace a nuestros heridos y la influencia benéfica que ejerce en todos los que gozan de su presencia o de su palabra.

—¿Por qué pretendéis engañarme, amigo mío? —interrogó con tristeza Coligny—. ¡Poca confianza debo inspiraros cuando intentáis ocultarme la verdad!

—¡Cómo, señor almirante! —exclamó Gabriel cada vez más turbado—. ¿Qué os hace suponer…?

—¿Que sor Bendita es la señora Diana de Castro y que vos estáis enamorado de ella?

—¡Lo sabíais…!


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