Las dos Dianas
Las dos Dianas —Lo sorprendente serÃa que lo hubiera ignorado —repuso el almirante—. ¿No soy sobrino del condestable de Montmorency? ¿Ignora él nada de lo que pasa en la corte? ¿No posee Diana de Poitiers la confianza del rey y Montmorency el corazón de Diana de Poitiers? Como quiera que, según parece, en derredor de la persona de la señora Diana de Castro giran graves intereses de nuestra familia, me han prevenido oportunamente para que en todo momento esté dispuesto a secundar las miras de mi noble parentela. No hacÃa veinticuatro horas que habÃa yo entrado en la plaza de San QuintÃn con encargo de defenderla o morir, cuando recibà un correo de mi tÃo. El correo en cuestión no venÃa para informarme, como supuse al principio, de los movimientos del enemigo o de los proyectos militares del condestable; habÃa corrido mil peligros para participarme que en el convento de las benedictinas de San QuintÃn se habÃa ocultado, bajo nombre supuesto, la señora Diana de Castro, hija del rey, para ordenarme que vigilase cuidadosamente todos sus pasos. Ayer, sin ir más lejos, llegó a la poterna del Sur y preguntó por mà un emisario flamenco, ganado a peso de oro por el condestable. Pensé, naturalmente, que venÃa de parte de mi tÃo, y que el objeto de su misión serÃa darme ánimos y hacerme presente, de parte del condestable prisionero, que estaba yo en el deber de restaurar la gloria de nuestro apellido, que tan rudo golpe sufrió el dÃa de San Lorenzo, que el rey enviarÃa otros socorros, además de los que nos habéis traÃdo vos, o bien ordenarme que me dejase matar en la brecha antes que rendir la plaza. ¡Pero no fue asÃ! El emisario comprado no venÃa a traerme ninguna de esas palabras que reaniman y excitan; sino a denunciarme que el señor vizconde de Exmés, llegado la vÃspera a la plaza so pretexto de defenderla o de morir bajo sus muros, amaba a la señora Diana de Castro, prometida de mi primo Francisco de Montmorency, y que la reunión de los amantes podÃa frustrar los grandes proyectos concebidos por mi tÃo. AñadÃa que, siendo yo, por dicha, el gobernador de San QuintÃn, me hacÃa presente que mi deber era recurrir a toda mi actividad para separar, sin reparar en medios, a la señora de Castro del vizconde de Exmés, impedir a toda costa que se viesen y contribuir asà a la elevación y al poderÃo de la familia.