Las dos Dianas
Las dos Dianas Coligny puso en sus palabras acentos inequÃvocos de tristeza y de amargura, pero Gabriel, que no reparó más que en el golpe que amenazaba destruir sus amorosas esperanzas, preguntó al almirante con entonación colérica:
—Según eso, señor almirante, ¿habéis sido vos quién me denunciasteis a la superiora de las benedictinas, y quien, fiel a las instrucciones de vuestro tÃo, procura arrebatarme una a una todas las probabilidades de ver a Diana?
—¡Callad, joven, callad! —exclamó el almirante con expresión de altivez indecible—. Pero os perdono —añadió con más dulzura—; la pasión os ciega, y por otra parte, no habéis tenido todavÃa tiempo de conocer a Gaspar de Coligny.
Tanta nobleza y tanta bondad respiraban las palabras y el acento del almirante, que las sospechas de Gabriel se desvanecieron al punto. Avergonzado por haberlas abrigado siquiera hubiese sido un instante, alargó la mano a Gaspar de Coligny diciendo:
—¡Perdonadme! ¿Cómo pude imaginar que os hubieseis mezclado en semejantes intrigas? ¡Os ruego que me perdonéis, señor almirante!