Las dos Dianas
Las dos Dianas —Perdonado, Gabriel —contestó el almirante—. Asà os quiero; con vuestros instintos juveniles y puros. Tenéis razón: no me mezclo yo en intrigas y enredos, que desprecio en la misma medida que a los que los han concebido. En ellos no veo la gloria, sino la vergüenza de mi familia, y lejos de aprovecharlos, los desdeño, porque me abochornan. Si esos hombres, para quienes son buenos todos los medios, indignos o no, si esos hombres que no temen erigir su fortuna sobre base vergonzosa, que a trueque de satisfacer su ambición o su codicia contemplan indiferentes el dolor y la ruina de sus semejantes, que por conseguir más pronto el objeto infame pasarÃan hasta sobre el cadáver de la madre patria, si esos hombres, repito, son mis parientes, para mà son el látigo con que Dios castiga mi orgullo y me recuerda el deber de ser humilde, y al propio tiempo un estÃmulo que me obliga a ser severo conmigo mismo e Ãntegro con mis semejantes, para expiar asà las faltas de mis parientes.
—Sà —contestó Gabriel—; ya sé que rendÃs culto ferviente al honor y a la virtud de los tiempos evangélicos. Quiero pediros otra vez perdón, señor almirante, por haberos hablado en un momento de ofuscación como a cualquiera de esos señores de nuestra corte, sin fe y sin ley, que he aprendido a despreciar y odiar.