Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ah! —exclamó Coligny—. ¡Más bien son dignos de lástima esos pobres ambiciosos, ciegos e ignorantes! Perdonadme, porque principiaba a olvidar que no hablo con un correligionario. Pero no importa: aunque profesemos religiones distintas, entrambos las profesamos honradamente y de buena fe, aparte de que presiento que, más tarde o más temprano, habéis de ser de los nuestros. La misma pasión amorosa que os abrasa os obligará a sostener una lucha desigual contra una corte corrompida, y destrozado probablemente vuestro amor, buscaréis consuelos en nuestras filas, donde seréis recibido con los brazos abiertos.
—SabÃa ya, señor almirante, que pertenecÃais a la religión reformada. Yo, aunque profese la católica, he aprendido a estimar y apreciar a los que sufren persecuciones. No me atrevo a aventurar profecÃas; pero, débil como soy de carácter, y enamorado locamente de Diana, casi me atrevo a asegurar que la religión que Diana profese será la mÃa.