Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Me parece muy bien! —exclamó Coligny, arrastrado, como casi todos sus correligionarios, por la fiebre del proselitismo—. ¡Me place! Porque, si la señora Diana de Castro aborrece las costumbres vergonzosas de nuestra corte, no dudo que ha de abrazar nuestra religión. Otro tanto haréis vos, lo repito; porque resultaréis vencido en la lucha que imprudente entabláis contra la corte, y al resultar vencido, querréis vengaros. ¿Creéis que el condestable de Montmorency, mi tío, después de haber puesto sus ojos en la hija del rey para darla a su hijo, se resignará a abandonaros tan rica presa?

—¡Ay de mí! —exclamó Gabriel—. ¡Puede que ni siquiera se la dispute! Si el rey cumple los sagrados compromisos que tiene contraídos conmigo, entonces…

—¡Compromisos sagrados! ¿Existen, por ventura, para quien, después de haber ordenado al Parlamento que discutiese libremente la cuestión de la libertad de conciencia, mandó quemar vivo a Anne Dubourg porque, fiado en su real palabra, defendió la causa de los reformados?

—¡Oh! ¡No digáis eso! ¡No me digáis que el rey Enrique II dejará incumplida la solemne promesa que me hizo, porque entonces, no sería mi conciencia sola la que se rebelase; se rebelaría también mi espada! No sería ya hugonote, sino asesino.


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