Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Probablemente no, Gabriel, porque los hombres honrados podemos ser mártires, pero nunca asesinos… Pero de todos modos, Gabriel, vuestra venganza, aun no siendo sangrienta, sería terrible. Con vuestro juvenil ardor, con vuestro ardiente celo, nos ayudaríais en nuestra obra de renovación, que para el rey ha de ser más funesta que una puñalada. Debéis saber, amigo mío, que nuestros propósitos son arrancarle sus derechos inicuos y sus monstruosos privilegios, que nuestra reforma no ha de circunscribirse a la Iglesia, sino extenderse al gobierno, y que si aquella esperamos que sea beneficiosa para los buenos, desde luego afirmo que ha de ser implacable para los perversos. Pruebas tengo dadas de que amo y sirvo bien a mi patria; pues bien: profeso la religión reformada porque veo en ella el germen del engrandecimiento de mi adorada Francia. ¡Ah, Gabriel! Si abrazaseis mi religión, esta os infundiría un alma nueva y abriría ante vuestros ojos una vida nueva.

—Mi vida, hoy, es mi amor a Diana, y mi alma, una empresa santa que Dios me ha impuesto y que espero cumplir.





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