Las dos Dianas

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—En efecto —contestó Gabriel—; semejantes discursos son audaces por demás, peligrosos, y sorprenden la inteligencia. Por otra parte, señor almirante, no niego que tengáis razón: es posible que algún día la cólera me arroje en vuestras filas, y la opresión me coloque en el partido de los oprimidos. Pero, mientras tanto, hay demasiada vida en mí para que pueda comulgar en esas ideas, y tengo demasiadas cosas en que pensar para destinar una parte del tiempo al estudio de vuestros libros.

Gaspar de Coligny siguió hablando con calor de las doctrinas e ideas que fermentaban entonces con la fuerza del mosto en su espíritu, y la conversación se prolongó mucho tiempo entre el joven apasionado y el hombre convencido, el uno fogoso y resuelto como la acción, el otro grave y profundo como el pensamiento.

El almirante no se equivocaba al hacer los sombríos pronósticos que hemos tenido ocasión de oír; la desgracia debía encargarse de fecundar los gérmenes que la conferencia de que hemos hecho mérito pudo sembrar en el alma ardiente de Gabriel.




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