Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXXIII

ERA una hermosa y serena noche del mes de agosto. El puro y transparente azul del cielo estaba salpicado de estrellas, y la misma ausencia de la luna, que no había aparecido todavía, al dar a la noche aspecto de misterio, hacíala más soñadora y espléndida.

La dulce y tranquila calma contrastaba singularmente con el movimiento y el estruendo de aquel terrible día. Los españoles habían dado a la plaza dos asaltos consecutivos que, aun cuando fueron rechazados, hicieron más muertos y heridos de los que podía soportar el reducido número de los defensores de la ciudad. El enemigo, por el contrario, disponía de inagotables reservas de tropas de refresco para reemplazar a las fatigadas, por lo cual Gabriel, siempre prevenido, temía que los dos asaltos del día hubiesen tenido por objeto principal, si no único, agotar las fuerzas y disminuir la vigilancia de los sitiados para preparar y favorecer un tercer asalto o una sorpresa nocturna. Sin embargo, las diez acababan de dar en la torre de la Colegiata, y nada confirmaba sus sospechas. En las tiendas españolas no brillaba ninguna luz; en el campo, como en la ciudad, sólo resonaba el grito monótono de los centinelas. Sitiadores y sitiados descansaban, al parecer, de las fatigas de aquella jornada.


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