Las dos Dianas
Las dos Dianas En su consecuencia, Gabriel, después de haber terminado la última ronda por las murallas, creyó que podía conceder algunos momentos de tregua a la vigilancia constante que había consagrado a la ciudad, a los desvelos que le había prodigado con la solicitud con que un buen hijo hubiera velado a su madre enferma. Desde la llegada de nuestro protagonista, San Quintín había resistido cuatro días, y si continuaba resistiendo otros cuatro, la palabra empeñada por aquel al rey quedaría cumplida, y el rey habría de cumplir la suya.
Gabriel había mandado a su escudero que le siguiese, pero sin decirle adonde iba. Desde la víspera, desde que la superiora de las benedictinas le recibió tan mal, comenzaba a desconfiar de su servidor, a dudar, si no de la fidelidad, al menos de la inteligencia de Martín Guerra, y por lo tanto, se guardó muy bien de hacerle partícipe de las noticias que había adquirido por conducto de Juan Peuquoy. Así fue que, el postizo Martín Guerra, que creía que acompañaba a su señor a una ronda militar, quedó sorprendido al ver que se dirigía hacia el baluarte de la Reina, donde había sido instalada la ambulancia principal.
—¿Vais a visitar a algún herido, monseñor? —preguntó.
—¡Silencio! —contestó Gabriel llevando el índice a los labios.