Las dos Dianas
Las dos Dianas
A consecuencia inmediata del inesperado fracaso que acababan de sufrir las armas de los sitiadores fue la desanimación de estos, que llegaron a persuadirse de que no lograrían apoderarse de la plaza si antes no aniquilaban todos los medios de resistencia que todavía podía aquella oponer a sus ataques. Tres días dejaron transcurrir sin intentar nuevos asaltos, aunque no cejaron en su ofensiva, pues sus cañones tronaban sin cesar, y sus zapadores y sus minadores trabajaban con actividad febril. Los defensores de la plaza, animados por un valor sobrehumano, parecían invencibles; menos sólidas eran las fortificaciones atacadas que sus pechos. Caían con estrépito los muros, las torres se cuarteaban, los fosos se llenaban de escombros, el recinto fortificado iba desapareciendo piedra por piedra, pero el valor de los sitiados no decaía.
Cuatro días después de la sorpresa nocturna, los españoles se decidieron a dar otro asalto. Era el octavo y último día del plazo pedido a Gabriel por Enrique III; de consiguiente, si no vencían aquel día los enemigos, se salvaría su padre a la par que la ciudad, y si vencían, todos sus esfuerzos habrían sido infructuosos, y el anciano, Diana y el mismo Gabriel estaban perdidos.