Las dos Dianas
Las dos Dianas Tanto y tan desesperado valor desplegó Gabriel en aquella terrible jornada, que sería imposible describirlo; únicamente diremos que parece imposible que en el alma y en el cuerpo de un hombre puedan caber tanto poder y tanta energía. En su mente no tenían cabida las ideas de peligro y de muerte, porque la ocupaba por completo el pensamiento de su padre y de su amada. Como si se hubiese creído invulnerable, se precipitaba contra los bosques de picas y desafiaba las lluvias de balas enemigas. Una piedra le alcanzó con violencia en un costado y la punta de una lanza abrió sangrienta herida en su frente, pero Gabriel no se dio cuenta de sus heridas, y ebrio de entusiasmo y de valor, iba y venía, hería y mataba, sin dejar de exhortar a todos con su voz y ejemplo. Allí donde el peligro era más inminente, allí se hallaba él. A la manera que el alma anima al cuerpo, así Gabriel animaba a la ciudad entera, y su presencia hacía el efecto de diez, de veinte, de cien hombres, sin que en medio de su prodigiosa exaltación le abandonasen la prudencia y la sangre fría. Su mirada, rápida como el relámpago, le descubría al momento el peligro, y descubrirlo y volar hacia él era todo una misma cosa. Cuando cedía el enemigo, y los sitiados, electrizados por su contagioso valor, adquirían ventajas evidentes, Gabriel les dejaba para volar a otro punto amenazado, y sin descansar, sin desfallecer, daba nuevo comienzo a su misión heroica.