Las dos Dianas
Las dos Dianas Estas condiciones, que revelaban una generosidad que no tenÃa derecho a esperar San QuintÃn, fueron aceptadas con sumisión por Coligny y con regocijo por la ciudad, bien que con regocijo no exento de temor. ¿Sobre quién recaerÃa la temible elección de Filiberto y de los suyos? Todo se sabrÃa al dÃa siguiente, dÃa de tristeza en que las personas más altivas se mostraban las más humildes, y los más opulentos hablaban muy alto de su pobreza.
Arnaldo de Thill, traficante tan activo como ingenioso, habÃa pasado la noche pensando en sus negocios y encontrando una combinación que podÃa serle sumamente lucrativa. En cuanto salió el sol, se vistió con todo el lujo posible y se fue a pasear con continente majestuoso por las calles, llenas a la sazón de vencedores de todas las naciones, alemanes, ingleses, españoles, etc., etc.
—¡Vaya una Torre de Babel! —exclamaba Arnaldo, que no oÃa en derredor más que palabras extranjeras—. Unas cuantas palabras inglesas conozco, pero no podré entenderme con esos endiablados parlanchines que tan pronto dicen ¡Caráspita!, como ¡Goddam[13]!, o como ¡Tausend saperment!, sin que ni por milagro…
—¡Tripas de Lucifer! ¿Quieres pararte, malandrÃn? —gritó a espaldas de Arnaldo una voz áspera.