Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡Oh! Yo estoy dispuesto a regatear hasta el último momento, monseñor. Soy comerciante, y de comerciante a comerciante no va nada, como dice el refrán. Es inútil que frunzáis el ceño, monseñor: yo, que nunca tuve nada de orgulloso, creo, en conciencia, que no valgo arriba de diez libras.

—¡Pocas palabras! —replicó el inglés con desdén—. Pagaréis cien libras, que es aproximadamente la cantidad que he prometido al arquero que os trajo aquí.

—¡Sean cien libras, puesto que tan alto me cotizáis! —dijo el malicioso capitán de la compañía de arqueros de San Quintín—. Pero supongo que no serán pagaderas al contado, ¿verdad?

—¡Cómo! ¿No disponéis de esa miserable suma?

—La tenía, milord, la tenía; pero durante el sitio, lo he dado todo a los pobres y a los enfermos.

—Pero tendréis amigos… parientes…

—¿Amigos? Con los amigos no hay que contar, milord, y en cuanto a parientes, no los tengo. Murió mi mujer sin dejarme hijos, nunca tuve hermanos, y hoy sólo me queda un primo…

—¡Pues bien! —exclamó lord Grey con impaciencia—. Ese primo…

—Ese primo, milord, que me prestará indudablemente la suma necesaria para pagaros, vive precisamente en Calais.


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