Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Al entrar en la sala donde esperaban el vizconde de Exmés y Juan Peuquoy, saludó a estos con gran afabilidad, tratándoles más bien como a huéspedes que como a prisioneros.

—Sed bienvenido a mi casa, caballero, y vos, maese —les dijo—. Mucho le tengo que agradecer a mi cuñado por haberos traído aquí, señor vizconde, y este es un doble motivo para que celebre la victoria conseguida en San Quintín. Perdonad, pero son tan contadas las distracciones en esta plaza de guerra donde me encuentro como confinado, tan escasa la sociedad, que me considero feliz cuando de tarde en tarde encuentro una persona con quien hablar. No os admire, pues, que lleve mi egoísmo hasta el extremo de desear que el importe de vuestro rescate llegue lo más tarde posible.

—Más de lo que yo creía tardará en efecto, milord —contestó Gabriel—. Ya os habrá dicho lord Grey que mi escudero, a quien pensaba enviar a París para que trajese mi rescate, se emborrachó y tuvo una reyerta en el camino con uno de los soldados de la escolta, y recibió una herida en la cabeza. No es peligrosa la herida, es verdad, pero temo que le retendrá en Calais más tiempo del que yo quisiera.

—Peor para el pobre muchacho y mejor para mí, caballero —dijo lord Wentworth.

—Sois demasiado galante, milord —contestó Gabriel, sonriendo con tristeza.


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