Las dos Dianas
Las dos Dianas —Debo advertiros que ha mandado a la anciana MarÃa que no se separe de ella, y a mà que vuelva en seguida.
—Bien, Juana; id, id, sÃ. Quiero que se le obedezca en todo. Id, y decidla de mi parte que os sigo.
Salió Juana, y lord Wentworth, tÃmido y palpitante como un enamorado de veinte años, empezó a subir la escalera que conducÃa a las habitaciones de Diana.
—¡Oh! ¡Qué felicidad! —se decÃa a sà mismo—. ¡Amo, y la mujer a quien he entregado mi corazón es la hija de un rey, y la tengo en mi poder!