Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXXVIII

DIANA de Castro recibió a lord Wentworth con aquella dignidad tranquila y casta que daba a su rostro de ángel y a su pura mirada un encanto y un poder irresistible. Bajo su aparente tranquilidad, sin embargo, se ocultaba la angustia: temblaba la pobrecilla, cuando respondiendo al respetuoso saludo del gobernador, le indicó, con majestad real, un sillón que había a alguna distancia de ella.

Hizo en seguida una señal a María y a Juana que trataban de retirarse, para que permaneciesen en la estancia, y como lord Wentworth, absorto en su contemplación, guardase silencio, se decidió ella a iniciar la conversación.

—Creo que me hallo en presencia de lord Wentworth, gobernador de Calais —dijo.

—Os halláis, en efecto, señora, en presencia de lord Wentworth, que es vuestro más humilde servidor y espera vuestras órdenes.

—¡Mis órdenes! —repitió Diana poniendo en su acento cierto deje de amargura—. ¡Oh, milord! No habléis así, que podría yo creer que os burláis de mí. Si hubieran escuchado, no mis órdenes, sino mis súplicas, mis ruegos, no estaría ciertamente aquí. ¿Sabéis quién soy, milord, y cuál es mi estirpe?

—Sé que sois la señora Diana de Castro, hija querida del rey Enrique II, señora.


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