Las dos Dianas
Las dos Dianas —Entonces, ¿por qué me han hecho prisionera? —preguntó Diana con voz débil.
—Precisamente, señora, porque sois hija de un rey. A tenor de las bases de capitulación firmada por el señor almirante Coligny, los vencedores podÃan escoger cincuenta prisioneros de cualquier rango, edad o sexo, y como era natural, escogieron los más ilustres, los más peligrosos, y… permitidme que os lo diga con franqueza, los que podÃan pagar mayor rescate.
—¿Pero cómo pudieron saber que estaba yo en San QuintÃn, oculta bajo el nombre y el hábito de una religiosa benedictina? Además de la superiora del convento, sólo una persona habÃa en la ciudad que conociese el secreto.
—¡Muy sencillo! Esa otra persona será sin duda la que os ha vendido.
—¡Oh, no! ¡Estoy segura de que no! —exclamó Diana con tal calor y convicción, que lord Wentworth sintió en el corazón la dolorosa mordedura de los celos y no supo qué contestar.