Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Era al día siguiente de la toma de San Quintín —prosiguió Diana animándose gradualmente—. Yo me había refugiado, trémula y asustada, en el fondo de mi celda, cuando mandaron que bajase al locutorio la hermana Bendita, que era mi nombre de novicia, milord. El que preguntaba por mí era un soldado inglés. Temí que el soldado fuera portador de una nueva horrible, pero bajé, arrastrada sin duda por el aguijón de la curiosidad, de esa curiosidad angustiosa que se siente de saber lo que se debe llorar. El arquero, a quien no había visto jamás, declaró que era su prisionera. Me indigné, resistí, ¿pero qué podía yo contra la violencia? Eran tres soldados, milord, ¡tres hombres armados hasta los dientes para prender a una débil mujer! Perdonad si mis palabras lastiman vuestro amor propio, pero puesto que os hago relación de lo ocurrido, creo que debo explicar cómo ocurrió. Aquellos tres hombres se apoderaron de mí y quisieron obligarme a confesar que era Diana de Castro, hija del rey de Francia. Negué al principio, mas como a pesar de mi negativa me llevaban prisionera, pedí que me condujesen a la presencia del almirante Coligny y como este no conocía a la hermana sor Bendita, declaré que era, en efecto, la que ellos suponían. ¿Creéis que después de aquella confesión mía accedieron a mis ruegos y me llevaron a presencia del almirante, quién me habría reconocido y reclamado? Pues no fue así; antes bien, después de celebrar con gracias y risotadas su buena suerte, se dieron más prisa para asegurar su presa. Me hicieron entrar, o mejor dicho, me arrojaron a viva fuerza, llorosa y desolada, en una litera que cerraron al punto, y cuando sofocada por los sollozos y quebrantada por el dolor traté de averiguar adonde me conducían, hallé que me habían sacado ya de San Quintín y que me encontraba en el camino de Calais. Lord Grey, jefe, según me dijeron, de la escolta, se negó a oírme, y gracias a un soldado pude saber que era prisionera de guerra de su amo y que me conducían a Calais, donde habría de permanecer hasta tanto pagasen mi rescate. Así he llegado, milord, a esta casa sin tener otras noticias acerca de mi suerte futura.


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