Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Y a las que nada puedo añadir, señora! —respondió lord Wentworth pensativo.
—¿Nada podéis añadir, milord? —replicó Diana—. ¿Tampoco podéis explicarme por qué no se me permitió hablar con la superiora de las benedictinas ni con el señor almirante? ¿Tampoco podéis declararme qué es lo que quieren de mÃ, puesto que impiden que me acerque a los que podrÃan llevar al rey la noticia de mi cautiverio para que venga de ParÃs el precio de mi rescate? ¿Tampoco podéis decirme qué significa mi prisión, que tiene todas las caracterÃsticas de un secuestro? ¿Por qué no ha querido escucharme, ni se ha dejado ver de mà lord Grey, autor, según me han informado, de lo que me sucede?
—A lord Grey le habéis visto, señora, cuando pasasteis por delante de nosotros. Era el caballero con quien estaba hablando yo, el que os saludó al mismo tiempo que lo hice yo.
—Dispensadme milord, ignoraba que aquel caballero fuese lord Grey —contestó Diana—. Puesto que habéis hablado con él, y según me ha dicho esta joven, es pariente vuestro, no es aventurado suponer que os habrá dado cuenta de las intenciones que abriga con respecto a mÃ.