Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Cierto, señora; antes de embarcar para Inglaterra, y precisamente cuando llegasteis vos a esta casa, me estaba comunicando sus órdenes. Me decía que habiendo sabido en San Quintín que erais hija del rey, y teniendo él derecho a escoger tres prisioneros, había aceptado con placer una prisionera, que, dicho sea de paso, le fue ofrecida, y que nadie quiso comunicar vuestra prisión a fin de evitar obstáculos posibles y aun probables. Su propósito era sencillamente aprovechar vuestra calidad para obtener todo el dinero posible, y yo aprobaba riendo las ideas codiciosas de mi cuñado, cuando vos atravesasteis la estancia donde hablábamos. Os vi, señora, y comprendí al punto que, si por derecho y ley de nacimiento erais hija de un rey, por derecho y ley de hermosura sois reina. Y desde aquel instante, os lo confieso a pesar de mi confusión, desaprobé las intenciones de lord Grey, si no en lo referente al pasado, al menos en lo que atañe al porvenir. Sí, combatí con calor sus proyectos de obtener de vos un rescate, le hice presente que podía prometerse mucho más; que, estando en guerra Inglaterra y Francia, acaso se presentaría ocasión de exigir por vuestra persona un canje muy ventajoso, y que vos valíais muy bien una plaza fuerte. Para abreviar, le convencí de que no debía en manera alguna abandonar una presa tan rica por algunos puñados de escudas. Estáis en Calais, ciudad fuerte e inexpugnable, y fuerza será que os resignéis a esperar.


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