Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Es posible! —exclamó Diana—. ¡Habéis dado a lord Grey semejantes consejos y no os importa decÃrmelo a mà misma! ¡Ah, milord! ¿Por qué os habéis opuesto asà a mi libertad? Me visteis un segundo nada más… ¿Es posible que os bastara un segundo para odiarme?
—Os vi un segundo nada más, señora, y ese segundo bastó para que me enamorase como un loco de vos —respondió lord Wentworth fuera de sÃ.
Diana retrocedió, pálida como un cadáver.
—¡Juana…! ¡MarÃa! —gritó a las dos mujeres, que se habÃan separado, yendo a colocarse en el hueco de una ventana.
Lord Wentworth hizo a aquellas un gesto imperioso y las criadas permanecieron inmóviles donde estaban.
—Nada temáis, señora —dijo entonces sonriendo con tristeza—. Soy caballero, y si alguno de los dos debe temer y temblar, no sois vos ciertamente, sino yo. Os amo, sÃ, y no he podido menos de confesároslo. Cuando os vi pasar delante de nosotros, tan graciosa, tan encantadora, me parecisteis una diosa, y mi corazón dejó de pertenecerme; fue vuestro… En mi poder estáis, sÃ; la menor indicación mÃa se obedece aquà como una orden… pero nada temáis, porque más en absoluto estoy yo en poder vuestro, que vos en el mÃo, y de los dos, el verdadero prisionero soy yo. Aquà sois vos la reina, señora, y yo el esclavo sumiso: mandad y obedeceré.