Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¿Y podéis imaginar siquiera que voy a entregaros a ese hombre, puesto que a ello equivaldría concederos la libertad? —gritó lord Wentworth fuera de sí—. ¡Nunca! ¡Que sea tan desgraciado como soy yo! ¡Que sea más desgraciado todavía, porque él no os verá, señora, y yo sí! A partir de hoy, únicamente tres acontecimientos podrían libertaros: mi muerte, harto improbable, porque soy joven y robusto, la paz entre Francia e Inglaterra, y bueno es no olvidar que las guerras entre las dos naciones suelen durar cientos de años, o la toma de Calais por los franceses, y Calais es una plaza inexpugnable. No ocurriendo ninguna de estas tres cosas, y es casi imposible que ocurran, condenada estáis a ser mi prisionera durante mucho tiempo, porque he comprado a lord Grey los derechos que este tenía sobre vos, y estoy resuelto a no entregaros por ningún rescate, aunque me ofrecieran un imperio. En cuanto a vuestra evasión, os aconsejo que no penséis en ella, porque soy quien os guardo y es carcelero muy vigilante y seguro un hombre enamorado.

Esto diciendo, lord Wentworth saludó respetuosamente y se retiró, dejando a Diana temblando y llena de desconsuelo.

Se serenó, sin embargo, un poco al pensar que la muerte es un refugio seguro para los desgraciados, y que estos pueden recurrir a aquel en los trances supremos.


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