Las dos Dianas
Las dos Dianas Gabriel no pudo menos de sonreÃr al escuchar las singulares deducciones que hacÃa el patriotismo del armero.
—Vamos —dijo levantando su vaso—. ¡Bebamos porque maduren las uvas de Calais!
Es de presumir que los Peuquoy celebraron el brindis con aclamaciones de delirante entusiasmo.
Terminada la cena, Pedro dio las gracias, que los comensales repitieron de pie y con las cabezas descubiertas. A los niños se les mandó que se fuesen a acostar.
—También tú, Babette, puedes recogerte ya —dijo el armero a su hermana—. Cuida de que los aprendices no hagan ruido por arriba, y antes de acostarte, entra con Gertrudis en la alcoba del escudero del señor vizconde para ver si necesita algo.
La linda Babette se sonrojó, hizo una reverencia y salió.
—Ya estamos solos los tres —dijo Pedro a su primo—. Si tienes que comunicarme algo en secreto, dispuesto estoy a escucharte.
Gabriel dirigió al tejedor una mirada de asombro, pero aquel respondió con gravedad:
—En efecto, Pedro; ya te he dicho que deseaba hablaros de cosas importantes.
—Me retiro —terció Gabriel.