Las dos Dianas
Las dos Dianas Pedro Peuquoy, cuya satisfacción era inmensa desde que supo que iba a alojar en su casa al vizconde de Exmés y a su primo Juan, quiso ceder el primer piso a Gabriel y a su primo, y él ocupó el segundo con su joven hermana Babette y sus hijos. También había acomodado en el segundo piso al escudero herido, Arnaldo de Thill. Los aprendices dormían en los desvanes. La casa respiraba por todas partes, si no riqueza, a lo menos pulcritud y aseo.
Encontraremos a Gabriel y a Juan Peuquoy sentados a la mesa, haciendo el debido honor, junto con su patrón, a la copiosa cena que este les ha preparado. Babette sirve a los comensales, y los niños comen a alguna distancia de los mayores.
—¡Vive Dios, monseñor, que coméis bien poco! —decía el armero—. No llevéis a mal que os lo diga, pero os encuentro a vos como preocupado, y a Juan como pensativo. Y, sin embargo, si la cena ha sido mediana, el corazón que la ofrece es grande y bueno. ¡Vamos! Tomad al menos estas uvas, que no abundan mucho en nuestro país. Mi abuelo, a quien se lo había referido el suyo, me decía que en otro tiempo, cuando Calais era de los franceses, el vino que producían sus viñas era generoso y sus uvas doradas; pero desde que la ciudad es inglesa, las uvas creen sin duda que están en Inglaterra y han perdido la costumbre de madurar.