Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Que no serán, te lo aseguro, tan desinteresados como los nuestros! —exclamó Juan con acritud—. Si no le hubiese visto despreciar los peligros y desafiar la muerte con cierta especie de insano furor, si no le hubiese visto exponer temerariamente su vida para salvar la mÃa, jurarÃa que sus ideas y pasiones son egoÃstas… ¡Parece mentira que no escuche mis palabras, cuando las inspiran el bien y la gloria de nuestra patria! Y el caso es que sin él, todo nuestro celo y todo nuestro valor son perfectamente inútiles, Pedro. Poseemos el ansia, el anhelo, pero nos faltan el pensamiento que organiza y el poder que ejecuta.
—El ansia y el anhelo son santos, primo mÃo. He comprendido tus aspiraciones, y las comparto.
Los dos primos se dieron un solemne apretón de manos.
—Preciso es renunciar a nuestra quimera, o por lo menos, esperar —dijo Juan Peuquoy—. ¿De qué sirve el brazo sin cabeza? ¿Qué puede hacer el pueblo sin los nobles?
Aquel menestral de siglos pasados añadió, sonriendo de un modo singular:
—Nada, hasta el dÃa en que el pueblo sea a un tiempo mismo la cabeza y el brazo.