Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XL

HABÍAN pasado tres semanas; el mes de septiembre tocaba a su fin y ningún cambio de importancia se había operado en la situación respectiva de los diferentes personajes de esta historia.

Juan Peuquoy había pagado a lord Wentworth el insignificante rescate en que supo tasarse a sí mismo. También había obtenido la autorización necesaria para fijar su residencia en Calais, pero debemos hacer constar que no se daba mucha prisa en la obra de montar su nuevo establecimiento, ni parecía animado de grandes deseos de reanudar sus trabajos. ¡Cosa extraña! Aquel hombre industrial, espejo de laboriosidad, se había hecho en extremo curioso y terriblemente haragán: desde que salía el sol hasta que cerraba la noche, veíasele paseando por las murallas y platicando con los soldados de la guarnición, sin que le importase, al parecer, un ardite su oficio de tejedor, y siempre tan tranquilo y desocupado como si hubiese sido un abad.

En cambio, si él era un haragán empedernido, no quiso o no pudo atraer a su primo Pedro a sus hábitos de holganza, pues es lo cierto que nunca el hábil armero forjó tantas y tan hermosas armas como por el período a que nos contraemos.


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