Las dos Dianas
Las dos Dianas La tristeza de Gabriel aumentaba de día en día. De París no recibía más que noticias generales, tales como que Francia comenzaba a respirar, que los españoles y los ingleses, entretenidos en cosas de poco momento, habían perdido un tiempo precioso, que la nación había tenido tiempo para rehacerse, y que París y el rey se habían salvado. Claro está que las nuevas de sucesos tan prósperos, debidos en gran parte a la heroica defensa de San Quintín, habían de regocijar a Gabriel, pero no bastaban para disipar su melancolía, porque ni una palabra sabía de Enrique II, ni de su padre, ni del almirante Coligny, ni de Diana, y esta carencia absoluta de noticias por necesidad había de ensombrecer el pensamiento de nuestro héroe, y le impedía estrechar, como quizás hubiese hecho de no mediar esa circunstancia, las relaciones amistosas con lord Wentworth, cada día más atento y complaciente con él.