Las dos Dianas
Las dos Dianas En realidad, el amable y expansivo gobernador de Calais había cobrado afecto a su prisionero, a lo que contribuyó en los primeros días el fastidio y más tarde la tristeza. En una ciudad como Calais, tétrica y aburrida, era una distracción muy grata la compañía de un caballero joven y espiritual de la corte de Francia. Por esta razón no pasaban dos días sin que lord Wentworth fuera a visitar al vizconde de Exmés, y el primero exigía al segundo que se sentase a su mesa por lo menos tres veces por semana. No dejaba de ser molesta para Gabriel la amistad del gobernador, que a todas horas juraba, riendo, a su prisionero, que no le soltaría sino en el último extremo, que jamás se resignaría a dejarle marchar bajo su palabra, y que sólo cuando hubiese recibido el último escudo del rescate se vería en la dura necesidad de separarse de un amigo tan querido.
Como era muy posible que la simpatía y el afecto del gobernador fuesen, en medio de todo, un medio señorial y elegante de encubrir la desconfianza, Gabriel no se atrevía a insistir, y dando oídos a su extremada delicadeza, sufría sin proferir una queja, y esperaba el restablecimiento de su escudero, que era quien debía ir a París a buscar el rescate que el vizconde de Exmés había de pagar a cambio de su libertad.