Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Sin dificultad franqueó la puerta exterior, que encontró entornada, pero la puerta interior estaba cerrada por dentro y Gabriel oyó risas ahogadas y ruido de vasos que chocaban entre sí. Llamó entonces con alguna violencia y se nombró con voz imperiosa. Al punto cesaron los ruidos, pero como Gabriel continuó elevando la voz, Arnaldo de Thill salió presuroso a descorrer el cerrojo de la puerta. Tal prisa se dio el infeliz escudero, que, desgraciadamente, no pudo evitar que su amo viese una falda de mujer que huía con celeridad pasmosa.

Creyó nuestro caballero que se trataba de alguna intriguilla galante con una de las criadas de la casa, y como no pecaba de escrupuloso en exceso en lo referente a este particular, no pudo contener la risa mientras reprendía a su escudero.

—¡Ah, Martín! —dijo—. ¡Paréceme que tu salud es más buena de lo que pretendes hacer creer, tunante! ¡Una mesa perfectamente servida, tres botellas, dos cubiertos…! ¡Juraría que he puesto en fuga al otro comensal! Pero es igual: encuentro aquí pruebas evidentes de tu completa curación, y creo que, sin escrúpulos ni remordimientos de conciencia, puedo mandarte que mañana sin falta emprendas el viaje.

—Ya sabéis, monseñor, que esa era mi intención —contestó Arnaldo de Thill—. Precisamente estaba despidiéndome…


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