Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¿De un amigo? Con ello das pruebas de tu buen corazón, pero como la amistad nunca debe hacer que uno olvide el cumplimiento del deber, exijo que mañana, cuando yo deje el lecho, te encuentres ya camino de París. Tienes el salvoconducto del gobernador, días hace que tu equipaje está listo, tu caballo ha descansado tanto como tú, y tu escarcela está repleta, gracias a la confianza de nuestro excelente patrón, que sólo una pesadumbre tiene: la de no disponer de dinero suficiente para pagar mi rescate. Nada te falta, Martín; de consiguiente, mañana saldrás tempranito, y dentro de tres días puedes llegar a París. Ya sabes lo que has de hacer en cuanto llegues.

—Sí, monseñor. Ante todo, iré al palacio de la calle de los Jardines de San Pablo; tranquilizaré a vuestra nodriza dándole noticias de vuestro paradero, le pediré los diez mil escudos, importe de vuestro rescate y tres mil más para liquidar los gastos y deudas contraídas en esta ciudad, y como garantía, entregaré a la buena mujer una carta vuestra y vuestro anillo.

—Son inútiles esas precauciones, Martín, porque mi buena nodriza te conoce bien, sabe que eres mi fiel y leal escudero; sin embargo, quiero ceder a tus escrúpulos. Lo que sí te encargo es que hagas que reúna la cantidad necesaria dentro del plazo más breve posible.


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