Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Descuidad, monseñor. El dinero se reunirá en seguida, y una vez en mi poder, y entregada vuestra carta al señor almirante, vuelvo aquí con más celeridad que voy.

—Y procura no armar pendencias por el camino.

—Quedad tranquilo, monseñor.

—Adiós, pues, Martín, y buena suerte.

—Dentro de diez días me tendréis de nuevo a vuestras órdenes, y mañana, la salida del sol me encontrará lejos de Calais.

Arnaldo de Thill cumplió por esta vez escrupulosamente la segunda parte de su promesa. Salió temprano y permitió que Babette le acompañase hasta las puertas de la ciudad. Allí se abrazaron por última vez los amantes, que ya habrá adivinado el lector que lo eran. Arnaldo juró que volvería pronto, y en seguida picó espuelas a su caballo y desapareció.

La pobre joven volvió presurosa a su casa con objeto de llegar a ella antes de que se hubiera levantado su terrible hermano Pedro, pero se vio obligada a fingirse enferma para poder dar rienda suelta a sus lágrimas en la soledad de su alcoba.

A partir de aquel día, sería muy difícil averiguar quién de los dos, es decir, de ella y Gabriel, deseaba con más impaciencia el regreso del escudero.

Uno y otro debían esperarle mucho tiempo.


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