Las dos Dianas

Las dos Dianas

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La aventura le sirvió de lección, y en lo sucesivo resolvió evitar dentro de lo posible los encuentros con las tropas. Difícil era conseguirlo: el enemigo, aunque no había sacado de la toma de San Quintín las ventajas decisivas que eran de temer, ocupaba todo el país. Suyos eran Le Catelet, Ham, Noyón, Chauny, y por este motivo, al llegar Arnaldo frente a las puertas de Noyón, hacia el final de su segunda jornada, decidió dejar a sus espaldas la ciudad, donde corría peligro de encontrar dificultades y disgustos, e ir a pernoctar al pueblo inmediato.

Para ello necesitaba dejar la carretera real, y como Arnaldo era poco práctico en aquella región, se extravió, y al intentar dar de nuevo con el camino, dio de hoz en coz, como suele decirse, al doblar el recodo de un sendero, con un pelotón de soldados enemigos que, por las trazas, andaban a caza de algo.

Imagínese cual sería la satisfacción de Arnaldo cuando uno de los soldados, no bien le vio, gritó a sus camaradas:

—¡Hola! ¿Será este por casualidad el miserable Arnaldo de Thill?

—¿Arnaldo de Thill a caballo? —preguntó otro con extrañeza.

—¡Dios santo! —se dijo el escudero palideciendo—. ¡Parece que soy conocido por estos andurriales, y si así es, me veo bailando en la cuerda!


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