Las dos Dianas
Las dos Dianas
L condestable de Montmorency, a las veinticuatro horas de haber llegado a París después de haber pagado por su libertad un rescate real, habíase presentado en el Louvre con objeto de cerciorarse del estado en que se encontraba su privanza, pero Enrique II le recibió con mucha frialdad y le elogió la administración del duque de Guisa, diciendo que, gracias a él, las desventuras del reino, si no habían sido reparadas, por lo menos se iban atenuando.
Furioso el condestable, pálido de cólera y de envidia, creyó que Diana de Poitiers, menos ingrata que el rey, le prodigaría consuelos; pero también la favorita le acogió con frialdad, y como Montmorency se doliese de aquella acogida y manifestase temores de que le hubiera sido desleal durante su ausencia, concediendo sus favores a otro mortal más afortunado que él, Diana de Poitiers le preguntó con impertinencia:
—¿No ha llegado a vuestros oídos la nueva copla que canta el pueblo de París?
—Acabo de llegar, señora, y no…
—¡Pues bien! El pueblo, que a veces tiene gracia, dice:
Hoy es San Lorenzo;
La silla vacante,
Señores, sabedlo,