Las dos Dianas
Las dos Dianas Se arrienda al instante.
El condestable se puso lívido. Saludó a Diana de Poitiers sin hablar más, salió del Louvre y se fue a su palacio con el corazón traspasado de dolor y de rabia.
En cuanto entró en su cámara, arrojó con violencia su sombrero al suelo.
—¡Reyes y mujeres, oh, raza ingrata! —exclamó—. ¡Sólo gustan de los vencedores…!
—Monseñor —le interrumpió un criado—, espera un hombre que desea hablaros.
—¡Que se vaya al diablo! —gritó el condestable—. ¡Estoy de buen temple para recibir a nadie! Dile que vaya a visitar al duque de Guisa.
—Monseñor; el hombre que espera me ha encargado que os diga que se llama Arnaldo de Thill.
—¡Arnaldo de Thill! —repitió el condestable con sorpresa—. Siendo Arnaldo de Thill, es diferente; hazle entrar.
El criado hizo una reverencia y salió.