Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—El tal Arnaldo —monologaba el condestable— es hábil, astuto y codicioso, y por añadidura, no sabe lo que son escrúpulos de conciencia… ¡Oh!… ¡Si él pudiese ayudarme a tomar venganza de esas gentes!… ¡Venganza!… ¿Y qué saldría ganando con vengarme? ¡Si gracias a su diabólica astucia encontrara un medio de recobrar mi perdida privanza! ¡Eso sería, mejor! Se me había ocurrido esgrimir el secreto de Montgomery, pero sería mejor que Arnaldo idease otra cosa que me dispensara de recurrir a aquel.

Fue introducido Arnaldo de Thill.

El gozo y la imprudencia resaltaban en el rostro de aquel bribón cuando saludó al condestable inclinándose hasta besar el suelo.

—Te creía prisionero —le dijo Montmorency.

—Lo he estado efectivamente, monseñor, como vos —respondió Arnaldo.

—Pero estás libre ya.

—Sí, monseñor. He pagado mi rescate en mi moneda, es decir, con buenas palabras y malas obras. Vos os habéis servido de vuestro dinero y yo de mi astucia, y entrambos hemos conseguido el mismo resultado: la libertad.

—¿Te atreves a venirme con indirectas impertinentes, miserable? —gritó el condestable.


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