Las dos Dianas
Las dos Dianas —No, monseñor: es la voz de la humildad la que acaba de hablar. Mis palabras significan lisa y llanamente que no tengo dinero.
—¡Hum! —refunfuñó Montmorency—. ¿Qué quieres de m�
—Lo que no tengo, monseñor: dinero.
—¿A santo de qué he de darte yo dinero?
—A santo de pagarme, monseñor.
—¿Pagarte… el qué?
—Las nuevas que os traigo.
—Veamos tus nuevas.
—Veamos vuestros escudos, monseñor.
—¡Tunante! ¿Y si te mando ahorcar?
—RecurrirÃais al medio más detestable para desatarme la lengua, monseñor.
—Cuando tan insolente está —se dijo Montmorency—, de fijo que se considera necesario… ¡Vaya! —dijo alzando la voz—. No tengo inconveniente en hacerte algún adelanto.
—Monseñor es muy bueno —contestó Arnaldo—. Yo le recordaré el ofrecimiento generoso que acaba de hacerme cuando haya liquidado las cuentas atrasadas.
—¿Qué cuentas?
—Detalladas las traigo en esta nota, monseñor —contestó Arnaldo presentando la famosa cuenta cuyas partidas le hemos visto aumentar con tanta frecuencia.
El condestable de Montmorency ojeó la nota.