Las dos Dianas
Las dos Dianas —Aquà veo —dijo— junto a servicios quiméricos e ilusorios, otros que realmente habrÃan podido serme útiles si no se hubiese modificado esencialmente mi situación desde que me los prestaste, pero hoy para nada me sirven, como no sea para aumentar mi aflicción.
—¡Bah, monseñor! Yo creo que exageráis el alcance de vuestra desgracia.
—¡Cómo! ¿Sabes… se sabe ya que he caÃdo en desgracia?
—Lo saben y lo sé, monseñor.
—Entonces, Arnaldo —repuso con amargura el condestable—, también debes de saber que para nada me sirve ahora que el vizconde de Exmés y Diana de Castro fueron separados gracias a ti en San QuintÃn, toda vez que, según todas las probabilidades, ni el rey ni la gran senescala concederán ya a mi hijo la mano de su hija.
—Lo que yo creo, monseñor, es que el rey os concederÃa radiante de satisfacción a su hija si vos pudierais devolvérsela.
—¿Qué quieres decirme?