Las dos Dianas
Las dos Dianas —Digo, monseñor, que nuestro buen rey Enrique II debe de estar muy triste en estos momentos, no ya sólo por la pérdida de la batalla del dÃa de San Lorenzo y por la de la ciudad de San QuintÃn, sino también por la de su muy querida hija Diana de Castro, que desapareció el dÃa de la toma de San QuintÃn y nadie sabe qué ha sido de ella. Acerca de su desaparición circulan mil rumores, pero contradictorios. Como vos llegasteis ayer, monseñor, ignoráis esta noticia, que tampoco supe yo hasta esta mañana.
—¡Tengo tantas cosas en que pensar! —exclamó el condestable—. Comprenderás que debÃa preocuparme antes de la desgracia presente que de la privanza pasada.
—Naturalmente —contestó Arnaldo—: ¿Pero no reconquistarÃais esa privanza si pudierais presentaros al rey y decirle, por ejemplo: «Señor: lloráis a vuestra hija, la buscáis en vano por todas partes, preguntáis a todos por ella y sólo yo sé dónde est»?
—¿Lo sabes tú, por ventura, Arnaldo? —preguntó con vivacidad Montmorency.
—Saber es mi oficio, monseñor —respondió el espÃa—. Os anuncié que tenÃa noticias que venderos, y viendo estáis que no es mi mercancÃa de mala calidad. ¿Estáis reflexionando? ¡Reflexionad, reflexionad, monseñor!