Las dos Dianas

Las dos Dianas

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La mujer parecía pertenecer, si no a la clase social más humilde, por lo menos a la que se hallaba colocada entre esta y la que llamamos media. Vestía con extremada sencillez, pero a la par con aseo y limpieza tan exquisitos, que parecían irradiar elegancia. El mancebo habíala ofrecido varias veces su brazo, que ella se negó a tomar cual si considerase que suponía un honor excesivamente alto para ella.

A medida que atravesaban el pueblo, siguiendo una calle que conducía al castillo, cuyas robustas torres se alzaban altivas, semejantes a gigantes encargados de la protección de los humildes inmuebles que lo formaban, era de notar que todos, adolescentes y hombres, niños y ancianos, saludaban con profundo respeto al mancebo, y que este les contestaba con afectuosas inclinaciones de cabeza. Era evidente que todo el mundo consideraba como superior y dueño al mancebo que, como veremos pronto, ignoraba quién era.

Al salir del pueblo nuestro adolescente y la mujer tomaron el camino, mejor dicho, el sendero escarpado que flanqueaba la montaña siguiendo un curso tortuoso, sendero tan angosto, que no permitía el paso de dos personas de frente. El joven hizo presente a la mujer que sería peligroso para ella continuar el viaje detrás del caballo, que forzosamente había de conducir él del diestro, y entonces fue cuando la mujer accedió a caminar delante.


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