Las dos Dianas
Las dos Dianas Seguía el mancebo sin pronunciar palabra, con la cabeza inclinada, como si gravitase sobre ella el peso de una preocupación hondísima.
Tan hermoso como formidable era el castillo hacia el cual se dirigían aquellos dos desconocidos, tan diferentes por sus edades y condición. Cuatro siglos y diez generaciones habían sido precisos para que aquella masa de sillares creciese desde sus cimientos hasta sus almenas, hasta que, convertida en montaña, fuese la señora de la montaña sobre la cual había sido emplazada.
