📕 Las dos Dianas (Dumas, p. 8) - PlanetaLibro.net

Las dos Dianas

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Semejante a todos los edificios de la época a que se contrae nuestra historia, el castillo de los condes de Montgomery carecía en absoluto de regularidad. Los padres lo fueron legando a sus hijos, y cada uno de los herederos añadió algo al titán de piedra, sin consideración a las leyes de la estética y obedeciendo exclusivamente a las de la necesidad o del capricho. Obra de los duques de Normandía fueron el torreón cuadrado y la torre principal: más tarde, otros añadieron al severo y ceñudo torreón elegantes almenas, airosas torrecillas, ventanas que parecían primorosos bordados en piedra, y a medida que los años fueron pasando, el cincel se encargó de hermosear el mismo torreón, como si los siglos hubieran querido fecundar aquella vegetación granítica. Hacia el final del reinado de Luis XIV, y por los comienzos del de Francisco I, puso digno remate a la aglomeración secular una galería de arcos ojivales, verdadero prodigio de elegancia y de arte.

Desde esta galería, y más todavía desde lo alto del torreón, abarcaba la vista muchas leguas de las risueñas y encantadoras llanuras de Normandía, prodigio de lozanía y de vegetación, pues, conforme hemos dicho ya, el Condado de Montgomery hallábase situado en el país de Auge, y sus ocho o diez baronías y ciento cincuenta feudos dependían de los bailiajes[1] de Argentan, de Caen y de Alençon.


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