Las dos Dianas
Las dos Dianas —No, monseñor. El vizconde vive en la casa de un armero llamado Pedro Peuquoy, y la señora de Castro debe residir en el palacio del gobernador. Puedo jurar que el vizconde de Exmés no sospecha siquiera que su bella está tan cerca de él.
—Voy corriendo al Louvre —dijo el condestable soltando al fin el documento.
—Y yo a Artigues —exclamó Arnaldo triunfante—. ¡Buena suerte, monseñor! ¡Procurad no ser un condestable… de papel!
—¡Buena suerte, bribón! Y cuida de que tus mañas no te lleven a la horca.
Salieron cada uno por su lado.