Las dos Dianas
Las dos Dianas —Pues bien —dijo Gabriel—; frente a esa historia podrÃa yo poner otra muy diferente, que he visto con mis propios ojos.
—Será la de mi número dos, monseñor —replicó tranquilamente MartÃn—. Si no es indiscreción, y tenéis la bondad de narrármela en cuatro palabras, creed, monseñor, que la escucharé con gusto.
—¡Te burlas de mÃ, bribón!
—¡Oh, monseñor! ¡Bien conocido os es el profundo respeto que me merecéis! Es particular lo que me sucede: mi número dos me ha causado mil trastornos, me ha jugado tretas bien crueles; pues bien, a pesar de todo, me interesa el gran tunante, y… ¡palabra de honor!, estoy seguro de que tendré la debilidad de quererle.
DisponÃase Gabriel a contar las fechorÃas de Arnaldo de Thill, pero achacándolas a MartÃn Guerra, cuando fue interrumpido por AloÃsa, que entró en la estancia seguida de un hombre vestido de campesino.
—¡Otro misterio se nos viene encima! —exclamó AloÃsa—. Este hombre dice que ha sido enviado para anunciar vuestra muerte, MartÃn Guerra.