Las dos Dianas
Las dos Dianas
I muerte? —preguntó MartÃn Guerra palideciendo al oÃr las terribles palabras de AloÃsa.
—¡Jesús! ¡Dios mÃo! —exclamó el campesino en cuanto vio al escudero.
—¿Habrá muerto mi otro yo? —repuso MartÃn—. ¡Bondad divina! ¿Habré perdido mi existencia de repuesto? ¡Bah! Bien pensado, aunque tengo motivos para afligirme, los tengo mayores para alegrarme. Hable, amigo mÃo, hable —añadió, dirigiéndose al campesino.
—¡Pero es posible! —dijo el campesino, después de mirar y remirar a MartÃn con ojos espantados—. ¿Cómo habéis podido llegar antes que yo? Os juro que me he dado toda la prisa que puede darse una persona para desempeñar a conciencia la comisión que me confiasteis y ganar los diez escudos. A no ser que hayáis hecho el viaje a caballo, es absolutamente imposible que me dejarais atrás en el camino, aparte de que, aun viniendo a caballo, os habrÃa visto pasar.
—¡Pero, hombre de Dios! —exclamó MartÃn Guerra—. ¡Si yo no te he visto en los dÃas de mi vida! Hablas como si me conocieses…
—¡Cómo si os conociese! —repitió el campesino estupefacto—. ¿Habéis olvidado que me confiasteis el encargo de venir aquà y anunciar que MartÃn Guerra habÃa muerto ahorcado?
